Si hablamos de violencia machista, las primeras imágenes que se nos suelen venir a la cabeza son casi automáticas: rostros desfigurados, mujeres golpeadas, cicatrices, desapariciones, callejones oscuros, violaciones, femicidios. Muy pocas veces logramos transcender estas figuras conocidas.

Sin embargo, si imagináramos la violencia sexista como una especie de escalera, estas escenas formarían parte de los últimos escalones, los de más arriba, los de la cima. Los primeros, los que cimientan esta estructura, esos que nos dan el impulso para subir, son muchas veces desconocidos y hasta casi imperceptibles: los acosos callejeros, la descalificación, los insultos, las miradas obscenas, las “apoyadas” en el colectivo, son los primeros escalones.

Las últimas semanas se dieron a conocer episodios de violencia machista en el ámbito de la Universidad Nacional de Mar del Plata. El de mayor notoriedad pública es el caso que involucra al docente Marcelo Loboscode la carrera de Filosofía,donde dicta Didáctica Especial de la Filosofía, una materia obligatoria para todo aquel que quiera continuar en la carrera docente. Lobosco también es docente de la UBA y consultor externo de organismo internacionales como la Unesco y el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo.

Tal como describen los testimonios, Lobosco, con el pretexto de mantener contactos académicos, pedía el teléfono a los estudiantes y luego acosaba a algunas estudiantes mujeres. Sin mayores recaudos, las llamaba en horarios nocturnos y la citaba a reuniones por fuera de las inquietudes propiamente académicas, las hostigaba con mensajes fuera de lugar y expresiones con lenguaje sexista.

También se supo que en una oportunidad, Lobosco impidió por unos segundos la salida de una estudiante del aula de manera intimidatoria e inclusive las sobornaba con las calificaciones finales de sus materias alegando su lugar de docente y la asimetría de poder que, muchas veces, esta condición reviste.

Los acosos de Lobosco -que suman 6 denuncias hasta el momento- no sólo involucran a estudiantes, sino también a dos de sus colegas docentes, según el Sumario Académico que la Facultad de Humanidades ha elevado a la Subsecretaría Legal y Técnica de la UNMdP, tal como indica el reglamento.

Sin embargo, aún sin conocerse los motivos, este órgano decidió desestimar las denuncias y el pedido de Sumario hacia el docente quedó sin efecto. Lo que se suele alegar en estos casos es la falta de pruebas necesarias y/o de testigos que acrediten lo que las víctimas sostienen, desconociendo que la mayoría de las veces los acosadores actúan en soledad y tomando los recaudos necesarios para no ser vistos ni expuestos públicamente.

Mientras tanto, Lobosco hace dos semanas que no asiste a su clase de los lunes que dicta en la Facultad, alegando razones de salud y cuestiones personales.

Desde el sector estudiantil se ha decidido continuar con campañas de visibilización pública, tanto fuera como dentro de la Facultad, mediante jornadas de repudio y cartelería que denuncia al docente y responsabiliza a la gestión de la Facultad de Humanidades, ante la falta de respuestas concretas.

Otros casos

Las otras dos situaciones de acoso que ocurrieron dentro de la Facultad de Humanidades, si bien no tuvieron la notoriedad pública ni las repercusiones del caso de Lobosco, revisten una gravedad similar.

Una de ellas ocurrió el fin de semana pasado e involucra a dos estudiantes del Profesorado en Historia: Ezequiel De Simone y Tomas Herman. En esa oportunidad, y a raíz de un intercambio en un foro de la Facultad de Humanidades, los dos estudiantes comenzaron a propiciar comentarios altamente misóginos contra una estudiante de la carrera de Bibliotecología. Aduciendo a su condición de mujer, la mandaron a “lavar los platos” en una discusión que era “solo de hombres”. También, en una clara apología al femicidio, le dijeron que no se quejara si después “aparecía en una bolsa de consorcio en el río”. Los comentarios sexistas recogieron desaprobaciones inmediatas de varias personas más que se encontraban participando en ese momento del foro. Pese al repudio, los dos estudiantes sólo hicieron alusión al “humor mal entendido” pero no se retractaron de sus agravios.

Por los mismos días también se conoció el caso de Nicolás Chivirino, estudiante la Licenciatura en Sociología y trabajador del Centro de Copiados. Según los testimonios de sus compañeras de trabajo, Chivirino tenía un trato desigual con hombres y las mujeres. En una clara actitud intimidatoria, a sus compañeras de trabajo les respiraba cerca y ha llegado a mandarles mensajes con contenido obsceno a sus teléfonos personales. Chivirino trabaja en el Centro de Copiados a través de una Beca de Trabajo otorgada por el área de Servicio Social de la Secretaría de Bienestar Estudiantil de la Universidad. Cuando el personal del Centro de Copiados se puso en contacto con la Secretaría, se decidió apartarlo de su lugar de trabajo y se le retiró el beneficio de la Beca.

Al recibir las denuncias de los abusos, la Secretaría de Género del Centro de Estudiantes y las organizaciones estudiantiles, presentaron la situación en el Consejo Académico de la Facultad de Humanidades. Tanto para el caso de Chivirino como para el de De Simone y Herman, se pidieron sanciones para los estudiantes acosadores, enmarcadas éstas en un Régimen Disciplinario Estudiantil que fue sancionado el 28 de noviembre de 1990 y que, claramente, desconoce cualquier tipo de circunstancia que involucre, por ejemplo, situaciones de acoso virtual, mucho menos desde una perspectiva de género.

El caso de Lobosco reviste algunas particularidades. La única instancia donde se contemple apartar a un docente de su cargo, es a través de un Juicio Académico, instancia que, por la falta de méritos dictada por la Subsecretaría Legal y Técnica, se hace inviable.

El Protocolo

El pasado 28 de abril, el Consejo Superior de la Universidad Nacional de Mar del Plata aprobó el proyecto de Protocolo de actuación ante los casos de violencia de género en el ámbito universitario. Con esta iniciativa, la Universidad se sumaba a otras 8 Universidades Nacionales que ya cuentan con protocolos similares. En términos generales, el Protocolo tiene como objetivo establecer las pautas institucionales que la Universidad debe seguir ante situaciones de discriminación hacia las mujeres y hacia personas del colectivo LGTTTBI. Sin embargo, aún no se ha llamado a concurso para la conformación del registro de profesionales, por eso todavía no se encuentra vigente.

Casi como un efecto dominó, las denuncias por situaciones de abuso suelen aparecer en cadena. Una mujer se atreve a hablar y varias también lo hacen al mismo tiempo. No sólo los casos que involucran a docentes, sino también en situaciones donde los involucrados son compañeros de la misma Facultad.

Muy poco vamos a poder avanzar si no logramos entender que la violencia machista se cimienta en estas situaciones pequeñas, cotideanas; en estas formas de vincularnos que le dan vida a los vínculos que conformamos entre hombres y mujeres. La descalificación a las que nos sometemos las mujeres cuando decidimos denunciar, también sostiene la estructura de la violencia. “Qué poco sentido del humor”, “No es para tanto”, “Fue sólo un chiste”, se leía por algunas redes sociales.

Así como los que antes eran crímenes pasionales hoy son femicidios, los que antes eran chistes, hoy ya no lo pueden ser más. Lo que tiempos atrás se festejaba en complicidad masculina, hoy también se repudia entre varones. Lo que antes era galantería, hoy es acoso. Pero lo más importante es que lo que antes era silencio para las mujeres, hoy ya no se calla más.

*Por Melina Antoniucci, para Diario La Posta