Magdalena salió a tomar unas cervezas con sus amigas. La noche empezó como la de cualquier sábado. Se arreglaron, y fueron al lugar donde esperaban pasarla bien. Unos chicos comenzaron a acosarlas. Les proponían salir de allí juntos, invitarlas a fumar. Ellas rechazaron la invitación. Los hombres insistieron, hasta empezar a agredirlas físicamente. Uno de ellos tomó a Magdalena del cuello, y la ahorcó, sin vacilar, la tiró al piso y la asfixió. Ella salvó su vida porque la gente que estaba alrededor intervino para auxiliarla. Todo sucedió en medio de la cervecería de Mitre y Alvarado.

El relato de Magdalena es crudo, porque se apoya en el contexto donde una mujer es víctima de femicidio (el asesinato en razón de su condición de género) cada 20 hs, en una ciudad donde se hay más de 30 denuncias por día de violencia de género, y donde el gobierno no implementa siquiera las normativas vigentes para combatir este flagelo.

“Anoche salí con mi amiga a tomar algo a Blühen, en Mitre y Alvarado. Llegamos tipo diez de la noche. A mi derecha había una mesa con tres flacos entre 24 y 28 años. Se pusieron densos. Esperaban que una de las dos fuera al baño para “aprovechar”. Así, desde que llegamos… Las mujeres, posta, estamos ‘bastante acostumbradas” a lidiar con estas situaciones. Siempre algún boludo se quiere pasar de vivo a ver si engancha. De verdad que a estos pibes los tratamos con mucho respeto, pero siempre marcando que no, que no queríamos fumar con ellos, que no queríamos ir a ningún lado con ellos, que queríamos estar solas y charlar entre nosotras porque así estábamos bien y que nos disculparan. No les gustó. Siguieron insistiendo.

Uno, esta porquería de persona, me dice “están tan buenas que intimidan” y me agarra. Le quito la mano. Le pido por favor que dejen de molestar, ya harta, y que se de vuelta de una vez. Mi amiga, lo mismo. El chabon se para, se pone frente con frente con mi amiga, cual jugador de fútbol enojado, y le quiere pegar. En esos microsegundos, lo agarro del hombro para evitar que le pegue a ella y ver si podía hablar con él. Con ese envión, me agarra del cuello y me empieza a ahorcar. Sí, adentro de Blühen. Sí, adelante de todos. Me baja de la banqueta del cuello y me seguía ahorcando en el piso. Percibí esa caída como si durara cinco horas, no me entraba más aire. Quise llevarme las manos a la garganta para sacármelo pero los brazos ya no me respondían. Los ojos se me estaban cerrando. Pensé que me iban a matar. Por suerte estaba lleno de gente de esa que vale la pena, y entre un par me lo pudieron sacar de encima. Todavía no caigo. Lloré y me abracé de todo el mundo que venía a consolarme. Abracé a mi amiga como nunca.
Llegó la policía y se lo llevaron. Hice la denuncia”.

Parece mentira pero todavía es necesario reforzar la idea de que las mujeres, cuando decimos NO, significa NO. La cuultura patriarcal continúa diciéndoles a los hombres, de algún modo, que pueden “hacer” sobre nuestros cuerpos. En las estadísticas oficiales de criminalidad, bajó el robo y crecieron las violaciones. En materia de “seguridad” la integridad física y mental de las mujeres no parece prioritaria. La gestión anuncia incrementar lo números de agentes de las fuerzas de seguridad, pero no los presupuestos para políticas de género, ni siquiera tras las masivas convocatorias de #NiUnaMenos.

Magdalena replica en su relato otras violencias, las del después de la escena crítica, donde casi muere. “Pedí una ambulancia en el lugar porque me duele mucho el cuello y no podía tragar bien, pero sabés qué? No cuenta con asistencia médica. Recién vengo de la clínica, estoy bien. En realidad no tanto, de vez en tanto lloro, y no lo puedo creer. Este flaco no tiene que andar suelto. Tenemos que hacer algo. Ayudame a mi, y cuidemos a cualquier otra compañera… Imaginate si no había nadie que me lo sacara de encima. Imaginate si nos agarra solas. Enojado porque decimos que NO. Enojado porque YO DECIDO”.La denuncia ya está radicada, y el acusado, preventivamente detenido, mientras avanza la investigación.

Ella decidió hacer pública su historia, para que nadie más deba sufrir lo que ella sufrió.”Agustín Ficicchia se llama, no sabes lo que me costó que la cana me diera el nombre. No querían. Me preguntaban para qué lo quería, qué ganaba con eso. No puedo parar de llorar. Por favor, compartan. Mirenle la cara. Yo voy hacer lo que esté a mi alcance para que ninguna persona pase por lo que yo pasé. Ya no tengo miedo. Tengo bronca”. Son las víctimas las que se empoderan contra las violencias sufridas. Magdalena, en medio de su dolor, le hace frente al miedo y piensa en las otras mujeres, a las que reconoce como pares, como potenciales víctimas de la violencia machista, y les extiende su relato como un abrazo en el que grita que no está sola; que no estamos solas. Que son los agresores los que deben sentir la vergüenza y el repudio social. Y además, espera que el Estado asuma la responsabilidad que le corresponde frente a una violencia que pone en peligro las vidas de las mujeres, todos los días, y en cualquier lado.