El estado de abandono de las playas es general, y parece sólo hacerse visible para el gobierno ante algún intento privatizador. La Playa Bristol, postal clásica de la ciudad, representa hoy un gran peligro entre los derrumbes, cables de alta tensión dañados, y la no recolección de los residuos.

“No murió alguien de milagro” afirma Juanjo Nazario Montañana, jefe de guardavidas de las playas Bristol. Antes de ayer se produjo un nuevo desmoronamiento de parte del concreto del muelle de los pescadores, de unos cinco metros de largo, por uno de ancho, el cual debe rondar la tonelada en peso. Por fortuna no había nadie debajo: ya que ese espacio bajo el muelle, es utilizado como refugio por personas en situación de calle, y también buscado por su sombra por familias completas, en días de calor intenso.

En medio de la arena, desde los bloques de concreto firmes y los caídos, además, sobresalen hierros oxidados. “Hicimos que todos los guardavidas de la zona se den la vacuna antitetánica, para reducir los riesgos del personal, pero esto puede generar una tragedia con un niño”.

El muelle viene cediendo ante el deterioro que producen la erosión del viento y el mar, y el nulo mantenimiento que tiene. Ante los primeros derrumbes, defensa civil precinto la zona para señalizar el peligro, pero los guardavidas advierten que la medida es ineficaz para frenar el riesgo, ya que la gente no cobra dimensión del peligro y se ubica debajo del muelle de todas formas. “Habría que arreglar, y cerrar este espacio. La gente no es consciente del peligro, hay que impedir materialmente el acceso acá”, relatan los guardavidas.

Además, por debajo del muelle cuelgan cables de alta tensión en un estado muy precario. Reparados con cinta aisladora, con trozos de concreto colgando, al ras de la pleamar, los cables alimentan de tensión el Espigón de los pescadores. Eso en cualquier momento electrifica esas paredes húmedas y llenas de hierros oxidados. Eso implica un riesgo inminente de electrocución.

Los guardavidas alertaron a EDEA sobre la situación, y un móvil acudió a la playa. Coincidieron en la peligrosidad, pero señalaron que la empresa no tiene jurisdicción en la playa, y su servicio finaliza dónde está el medidor, sobre la vereda. Desde el Espigón se niegan a asumir las reparaciones, y la problemática cayó en el limbo de la disputa de incumbencias; ahogada en burocracia que puede derivar en muertes.

Como corolario, la recolección de basura no está levantando los residuos de las unidades Bristol 3 y 4. La falta de conciencia de la gente que asiste a las playas y deja allí sus residuos, confluye con las bocas de tormenta que arrastran residuos desde la ciudad hacia el mar, y con el servicio que debiera recoger los residuos de la playa y no lo está haciendo. Estos residuos no sólo “afean” el paisaje, sino que dañan severamente a la fauna, y presentan un riesgo sanitario para quiénes están en la playa, por la contaminación, y por su peligrosidad. “Un guardavidas de acá piso un vidrio en un rescate, y se cortó siete tendones. Tuvo que pasar a tareas administrativas por el resto de su vida” explica Montañana.