La periodista Melisa Morini lleva una bitácora de su viaje y nos recomienda los mejores lugares para visitar, en este caso, al otro lado del río.

(Fotografía: Guido Moreira)

Casi dos meses en Uruguay, mejor dicho, en el departamento de Rocha, puntualmente, en el paraíso loquisimo que es el Cabo Polonio. Recorriendo también, sí, las agrestes y naturales playas de la zona: Valizas, Punta del Diablo, La Paloma, La Pedrera, Santa Teresa, pero anclada en las dos más lindas, la Sur y la Calavera..
Ariana, su familia y los gurises me recibieron de perlas, las puertas de sus casas abiertas, comida casera en el plato y voluntad de hacerme sentir como en casa.

Claro, algunas picas como “ustedes le cambian el nombre a todo”, Gardel, el fútbol y el folclore, todo acaba en risas y vamo arriba.

Debo admitir que bajé unas cuantas revoluciones y hasta el volumen de mi voz. ¿Por qué el título? Es un marca de raíz, una manera de hablar, referirse de “tu”, suena cariñoso y amable.. se refiere a esta gente, habla de la tierra, de las palmeras, el campo, el mar, “la tranquera, la amistad, conozca Rocha paisano, dale tú que te toca a tí” canta Carlos Malo.

Un par de semanas en Castillos alcanzaron para adentrarme en esos detalles de los que habla la canción, fuego, juntadas y la vida de los personajes del pueblo. Re “canarios”, dirían. También que los montevideanos le dicen “Castigos” para irónicamente referirse a la taza de suicidios que dió que hablar un par de años atrás y esos datos, en una población pequeña y bastante alcahueta, es difícil que se olviden.

El silencio en el pueblo no es un dato menor para explicar el fenómeno, no ladran ni los perros. En Castillos viven unos siete mil habitantes y no te vayas a mandar una cagada notable. Fuentes cercanas a esta inquieta periodista narraron que la manera más habitual de quitarse la vida es pasarse por la piola (no puedo no ver la cara de Aldana cuando menciono esta frase) y el agente policial que me llevó de recorrida me mostró los árboles donde, según dijo, le tocó bajar a unos cuantos. Los motivos que llevaron a tantos a terminar con su vida son todavía un misterio, en relación, hay mil historias urbanas y mitos que se cuentan en las calles y en los bares.

Más allá de este dato espectral, el pueblo tiene un ubicación privilegiada, al toque de todas las playas mencionadas y a pocos kilómetros de la frontera con Brasil.

Volvamos al Cabo. Ya había escuchado hablar de este paraíso hipi y me encantó la idea de vivir en el. Cosa cierta, para entrar es preciso poner en pausa el reloj, olvidarse del teléfono, dejar afuera el traje del estrés, y, como dicen por aquí, pasarselas gozando. Hecho.

Después de los siete kilómetros arriba de un camión corte safari dando saltos entre las dunas de arena y mar, se llega al pequeño pueblo donde se levantan humildes moradas en madera, a lo lejos, algunos ranchos más chetos para que veraneen los hipis con Osde, pero quienes valen la pena conocer son sin duda los pobladores de quienes se pueden oír historias de naufragios, tormentas y el cambio que vivió el lugar con el pasar de los años y las modas.

Lo primero que uno ve es el Faro, fue construido en 1881 y desde el se pueden apreciar los miles de lobos marinos que habitan las piedras y de quienes hubo que alejar a los chinos cazadores. También, lo loco de habitar una tierra sin árboles y la belleza simple y singular de las playas. Una de ellas es testigo de la salida del sol y la otra de la puesta. Una maravilla. Los más lindos atardeceres que he visto, una paleta de colores que los visitantes aplaude cada fin de tarde. Qué lujo.

En el Cabo no hay electricidad y el agua es escasa, es ahí donde uno se rescata de la importancia de cuidar este recurso. Hay un par de almacenes que proveen a los cientos de turistas que entran por día a conocer, puestos de artesanías y hipis como parte del escenario.

No hable de la noche. La mejor parte. La ausencia de contaminación lumínica nos muestra el show que el cielo puede dar, así como es, una nebulosa increible donde las estrellas fugaces son moneda corriente al punto que pedir deseos pierde totalmente el poco sentido que en realidad tiene. Satélites y todas las constelaciones. Si te recostas en la arena una noche despejada perdés enseguida la noción del tiempo y una noche de luna llena no se precisa siquiera la luz de la vela. La vista se acostumbro a la oscuridad y las velas en envases austeros se convirtieron en todo lo necesario para iluminar: un camino, la entrada al rancho, las mesas del restaurante y mi linterna de cada noche (cómo voy a extrañar!)

El Faro aporta su magia y es guía y testigo mudo de infinitas historias. Cada doce segundos la luz vuelve a iluminar el rincón donde te ubiques.. romántico.

Vivir aquí todo el año debe ser otra historia. Sin veraneantes, la música del mar, el graznido de las gaviotas y el murmullo del viento que pega fuerte, han de ser lo único que se escucha.. para los pobladores el verano es una fecha clave de todas formas, es lo que les permite ganar el dinero con el que vivirán gran parte del año. El suelo y el hecho de que el Polonio sea una Reserva, hacen que no pueda cultivarse ninguna especie no nativa, asique el único recurso es la pesca y saben sacarle provecho, todos pescan, para placer de paladares exquisitos.

Todo parece brillar en el Cabo, en el cielo la galaxia, en el campo las luciérnagas y en el mar las noctilucas. Quedé fascinada, son unos imperceptibles bichitos que pueden verse azulados a la noche en las olas. Como si se activasen con el movimiento, es divertido y gracioso jugar con ellas en la orilla. Así pasé mis primeras noches, saltando olas “como gurisa chica”.

Cómo fue la última? Eclipse de luna, se puede pedir más? Cómo se dice y puede leerse en más de un mural: “al Cabo hay que dejarlo ser, el tiempo es aquí y ahora”.

Habiendo dejado una pequeña huella y llevandome un puñado de gente hermosa en las entrañas y en la memoria, me despido de este pedacito de tierra mágica. Sigo viaje, que fue la mejor decisión que he tomado.

¡Vamo arriba los que luchan!